¡DAMA AYÚDANOS!

Ha pasado exactamente un año desde que mi barbiespeso amigo Daniel Cano me puso en conocimiento de DAMA AYUDA, un programa de tutorías que permite a ocho guionistas –noveles o no– desarrollar un guión de largometraje a partir de una sinopsis y además hacerlo bajo la tutela de uno de los cuatro guionistas profesionales que participan en el proyecto (David Muñoz, Alicia Luna, Carlos López y Michel Gaztambide). No recuerdo con precisión cómo transcurrió esa conversación. Sólo recuerdo que Dani me lo contó a través de Facebook. Y también que cuando le pregunté qué día terminaba el plazo para enviar las sinopsis su respuesta me dejó en tensión: “Quedan dos días”, dijo.

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Déjate ayudar, hijo.

Como digo, hace un año exacto yo no tenía ni idea de lo que era DAMA AYUDA. Hay que decir que por aquel entonces me encontraba sumido en una profunda y oscura ‘crisis guionística’. Me pasó como en ese lugar común en el que un personaje se precipita sobre un espiral incrustado en pantalla, dando vueltas y vueltas incesantemente hacia no se sabe dónde –primorosa alegoría visual dónde las haya–. Y las razones por las que viví ese trance tienen una matriz: el fracaso. O la percepción de fracaso, mejor dicho. Tras innumerables tentativas en forma de biblias, formatos de televisión, largos, sketches y un incesante ataque masivo de mails a productoras, me sentía derrotado, vacío, débil… desencantado. Y me sentía desencantado no sólo con la posibilidad de trabajar escribiendo guiones sino –y eso es lo peor– con la sola idea de escribirlos. No es que dejara de escribir, claro –no es una elección–, pero decidí focalizar mis esfuerzos en otros formatos. Y así aparqué el guión. “Tal vez más adelante”, me dije.

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Yo, cayendo en la espiral.

Por eso cuando Dani me comentó lo de la convocatoria de DAMA AYUDA me cogió un poco a contrapié. Me sentía al margen de esa dinámica proactiva que uno debe tener cuando persigue aquello que desea y con la que, un tiempo atrás, acechaba cualquier posibilidad de involucrarme en un proyecto de guión. Inmediatamente, me asaltó esa pregunta retórica que ya se había convertido en un jodido y fatídico mantra: “¿Para qué, si no va a servir de nada?”.

Y sin embargo… cuando Dani me dijo que quedaban dos días para que finalizara el plazo –haciendo bueno aquello de que el ser humano es un ser (afortunadamente) contradictorio– me dije: “Voy a ver si tengo algo”.

Y tenía algo.

La tenía en ‘esa’ carpeta –ya sabéis–. Se trataba de una idea bastante germinal pero que contaba con un potente conflicto entre personajes. Me gustaba. Tenía la convicción de que era una idea con buenos mimbres para ser desarrollada, y que de ella podía salir una historia interesante. Trabajé en la sinopsis esos dos días y la envié antes de que finalizara el plazo. Lo hice. A pesar de todo.

Unos días más tarde, me estallaba la noticia en la cara, vía twitter: mi sinopsis había sido una de las ocho seleccionadas. Una noticia que resultó doblemente alucinante cuando me enteré que a Dani –sí, mi barbiespeso amigo– también lo habían seleccionado. Increíble: éramos dos de los ochos seleccionados entre más de 300 sinopsis participantes. Y fue increíble, digo, no sólo porque entre los ocho seleccionados hubiera dos amigos tan cercanos, sino –y sobre todo– porque los seleccionados éramos NOSOTROS. No quiero eternizar el texto explicando por qué esa coincidencia es extremadamente divertida, así que lo resumiré del siguiente modo: Dani y yo jugamos en la Champions League del fracaso auto-complaciente.

DAMA-AYUDA

Yo soy el que sale peor. Sí, exacto, ese.

Aprovechando que se ha cumplido un año desde que Dani me abriera las puertas de DAMA AYUDA dos días antes de la fecha de entrega –con el consiguiente final feliz– he decidido tomar su relevo alertando a todo aquel que aún viva en esa inopia de que, en dos días, termina la fecha de entrega de sinopsis para participar en la tercera edición de DAMA AYUDA. Repito: tenéis hasta el miércoles día 7 de Octubre para presentar vuestra idea. ¿Qué si lo que pretendo con este gesto es cerrar una especie de ciclo cósmico y de paso reivindicar la importancia de recuperar el desechado sentido de la filantropía para que algún día vivamos en un mundo más bueno y justo? No lo sé. ¡Deja de pensar mierdas! ¡Sólo faltan dos días! ¡Envía una jodida sinopsis ya!

Y si ya lo has hecho, tal vez te interese saber algunas de las cosas que he vivido a raíz de esta experiencia. Situaciones que creo son asimilables a las que cualquier guionista puede vivir en una tutoría como las que ofrece DAMA AYUDA.

Y lo primero que hay que decir, está claro…

Inténtalo, no pierdes nada

 Del mismo modo que yo lo viví, tú puedes estar viviéndolo. Cuando te picó el gusanillo y encendiste la maquinaria de la escritura, hace ya unos años, todo era de color de rosa. ¿Te acuerdas? Todo era luz, sueños inquebrantables, horizontes crepusculares y todas las metáforas de mierda que quieras. Estabas absolutamente convencido que con la dosis adecuada de talento y esfuerzo, el ‘momento’ llegaría. Ni siquiera pensabas que tal vez necesitarías algo de suerte. “Tengo talento”, te decías. Así de loco estabas. Así de puesto hasta las cejas de ilusión –la heroína del ingenuo soñador– andabas por la vida. Hasta que llega el momento, recién salido del Máster –o no–, en el que tu trabajo debe confrontarse a la realidad, con todos sus factores. Factores con los que tu feliz ‘yo’ teletubbie no contaba. Entonces pasa: ese corto no es seleccionado, esa biblia no es ‘el tipo de proyecto que buscamos actualmente’ y ese guión de largo en el que has invertido unos centenares de horas muere de inanición en alguna carpeta de ordenador de aquella productora esquilmada por la crisis y cuyo último proyecto levantó hace cinco años. Y uf… te hundes. Normal, joder. Te has vaciado entero, lo has dado todo, y no has recibido ningún ‘momento’ a cambio y sí una poderosa duda encubierta de certeza: no vales para esto. Puro drama. Lo dejas. Lo aparcas… “Tal vez más adelante”, te dices.

Pero… un momento. Volvamos al génesis, al principio de todo, a los porqués: ¿Escribimos esperando algo a cambio? No. ¿Escribimos porque algo muy irracional nos mueve a hacerlo? Sí. ¿Tenemos otra opción? No. Entonces asimilas lo ocurrido, lo metabolizas y comprendes que no es que seas un desgraciado y el universo conspire contra tu felicidad sino que, simplemente, así es la realidad que debes afrontar. Este mundillo no se ha hecho a tu medida, ya estaba ahí antes incluso de que fueras esperma y siempre ha sido igual de jodido. Lo que pasa es que en tu mundo de ensueño –un mundo legítimo, por el que todos pululamos en algún momento de la vida– has alimentado la idea de que podías fumarte a Tarantino sin que nadie te haya dado un bofetón a tiempo –docentes y ponentes, tomen nota–. Has tenido que descubrirlo por ti mismo. Has tenido que vivirlo en tus propias carnes. El impacto ha sido duro, pero ahora sabes algo más: sabes que el talento se ejercita, que el trabajo es el medio y que la suerte es un factor más a tener en cuenta. Ya está. ¿Y ahora qué? Pues escribe. Escribe y preséntate a todas las convocatorias que caces. Concursos, becas, ayudas, talleres de desarrollo… no te saltes ni una. Nunca se sabe. No pierdes nada. Y tal vez se convierta en el acicate que necesitas para no perder esa dosis mesurada de ilusión que te mantiene vivo y en la brecha. Gasolina.

Escucha a tu tutor; él sabe mucho más que tú.

Ya está, has sido seleccionado. ¿Por qué? Pues porque has tenido una buena idea y la has expuesto bien. Alguien que entiende de esto ha leído tu sinopsis y cree que tu historia vale la pena ser contada. Tal vez no seas tan inepto como te pensabas. Ahora toca aprovechar esta oportunidad, y la mejor manera de hacerlo es escuchando a tu tutor. Escucha a tu tutor. Tu tutor es un guionista profesional que carga con unos cuantos años de oficio en la espalda (probablemente más de los que tú tienes) y ahora lo tienes a tu disposición. Arráncate ese ego inútil y defenéstralo. Déjate aconsejar. Tu historia es tuya, sí, pero tú no sabes tanto de guión como él; te conviene escucharlo. Asume que tu historia es permeable a ideas ajenas, que estará expuesta a ‘extraños’, que no es tu niñita a la que no quieres que los chicos le metan mano. Tú no tienes el monopolio de tu historia. No te enroques en una idea si tu tutor te aconseja que es mejor seguir otro camino. Esto no significa que no puedas razonar lo que te diga y discutirlo –sobre todo en lo fundamental vale la pena que quede todo claro–. Pero discutirlo todo puede ser contraproducente. Aprende a detectar qué aspectos del guión merecen ser discutidos en profundidad y cuales son más ‘accesorios’. Se trata de encontrar soluciones a los problemas que el guión va generando. Tu tutor será pragmático, tú también lo debes ser. Ya tendrás tiempo de darle ‘tu alma’ cuando haya un cuerpo dónde meterla.

En mi caso tuve la suerte de estar tutorizado por David Muñoz, que ya fue mi tutor durante el taller de desarrollo de largometrajes en el Máster de Cine y Televisión de la UPSA. Como ya nos conocíamos supongo que ha sido más fácil trabajar y avanzar sobre el proyecto. Aún así, también he tenido mis momentos de emperrarme con alguna idea. La mayoría de esas ideas han ido cayendo por su propio peso a medida que el guión avanzaba. Otras siguen ahí, aunque puede que también caigan. También hay que tomar riesgos, y asumirlos.

Aprovecha el rebufo, sé una esponja.

Te toca escribir. Escribirás mucho. Escribirás como un malnacido. Es lo que hay; si no te gusta abre una mercería. Pero aunque tengas que pasar gran parte de tu siguiente año de vida escribiendo, aprovecha el rebufo de esta oportunidad para diversificar tu aprendizaje. Has abierto la veda del guión, tu cerebro vuelve a estar húmedo: absórbelo todo.

Escribe, pero también mira películas (a poder ser, del mismo género, tono y/o temática que la tuya) que te puedan ayudar a ver tu historia desde otra perspectiva. ¿Tienes tiempo? Pues cuando termines de verlas, desglósalas. Saca el entomólogo que llevas dentro: abre la peli y examínala. Te ayudará a ver las conexiones que pueda tener con tu historia de forma mucho más clara.

También lee. Lee guiones. Creo que es fundamental que leas algún guión durante el proceso. Te ayudará a todos los niveles, pero sobre todo te ayudará cuando llegue el momento de dialogar. Haz una lectura detallada, examina cómo se desarrollan las escenas, cómo y cuando se meten diálogos, cómo son las descripciones, el estilo, la visualidad, las pausas… Reconoce los mecanismos que hay detrás de ese guión que ya ha sido peli –a diferencia de la tuya–, y mételos en el petate.

Lee guiones. Pero también lee libros que hablen sobre cómo escribir guiones. Refresca la memoria; hay cosas que se te han olvidado y cosas que aún no sabías. Lee y aprende de quienes han dedicado su vida a escudriñar la ‘ciencia’ del guión. Ellos han mirado por el microscopio y han visto cosas que a ti te sería muy difícil descubrir y comprender por ti mismo. Ya lo han hecho ellos; aprovecha que no tienes que hacerlo tú. ¿Recomendaciones? Pues durante este año he tenido cuatro libros muy cerca de mí: ‘Estrategias de guión cinematográfico’, de Antonio Sánchez-Escalonilla (Ariel Cine, 2009); ‘Cuéntalo bien’, de Ana Sanz-Magallón (Plot Ediciones, 2007); ‘Imágenes narradas’, de Coral Cruz (Círculo Rojo, 2013) y ‘¡Salva al gato!’, de Blake Snyder (Alba Editorial, 2010). Léelos. Tú eres Popeye, y estos cuatro libros son tus espinacas.

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Mi biblioteca para afrontar el desarrollo del guión.

Comparte el proceso con tus compañeros.

Sois ocho seleccionados. Os veréis las caras un día de estos en la oficina de DAMA, en la Gran Vía de Madrid. Probablemente estaréis en una situación similar: cosquillitas y muchas ganas de empezar. Sois un grupo de personas con muchas cosas en común. El viaje es largo. Juntaros, haced piña, id a tomar algo después de la reunión. Los ocho que fuimos seleccionados el año pasado abrimos un grupo de Facebook: le pusimos ‘¡DAMA Ayúdanos!’. Un punto de encuentro que nos ha servido para compartir inquietudes, recomendar libros o darnos apoyo mutuo para superar crisis severas tipo ‘que alguien me pegue un tiro ya’. Ya se sabe: en las trincheras el extraño puede ser tu mejor amigo. Forjarás inesperados vínculos de amistad, y quién sabe, tal vez surjan sinergias más allá de DAMA AYUDA. Nuevos horizontes. Nuevos estímulos. Más gasolina.

Pero todo esto viene después.

Primero tienes que presentar la sinopsis.

¿Ya la has enviado? ¿No?

Tienes dos días.

¿No lo tienes claro? ¿Crees que no vales para esto? ¿Qué no va a servir de nada?

¡ESCRIBE LA PUTA SINOPSIS Y ENVÍALA!

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