‘MAGICAL GIRL’

Título: Magical Girl

Género: Drama / Thriller

Año: 2014

País: España

Producción: Aquí y Allí Films

Guión: Carlos Vermut

Duración: 127 min

Presupuesto: 500.000e

Resumen

Alicia es una niña de doce años enferma de leucemia cuyo mayor deseo es poder lucir un vestido de su serie preferida, ‘Magical Girl Yukiko’. Luís, su padre, es un profesor en paro que toma la determinación de cumplir el último deseo de la pequeña. El problema es que el vestido, diseñado por una famosa modista japonesa, es carísimo. Sin embargo, Luís está decidido a conseguir el dinero sea como sea. Por designios del destino, Luis se verá inmerso en una fatídica cadena de chantajes en la que también estarán implicados Bárbara, una chica con un serio desorden mental, y Damián, el antiguo profesor de ésta, a la que le profesa un amor irracional.

Estructura

Detonante: Luis descubre que Alicia sueña con tener el vestido de la protagonista de ‘Magical Girl Yukiko’, pero es muy caro.

Primer acto: Luis trata desesperadamente de reunir el dinero necesario para comprarle el vestido. Tras una serie de honrados y fallidos intentos, está determinado a romper el escaparate de una joyería. Por otro lado, Bárbara decide no tomar el medicamento que la mantiene mentalmente estable y actúa de forma perversa. Agotada su paciencia, Alfredo decide abandonarla. Bárbara está determinada a acabar con todo a base de pastillas.

Primer punto de giro: Luis está a punto de romper el cristal de una joyería, pero justo en ese instante un vómito cae sobre él. El vómito de Bárbara tras tomarse las pastillas. Se conocen.

Segundo acto (I): Luis y Bárbara se acuestan. Pero lo que Bárbara no sabe es que Luis ha grabado el audio de lo ocurrido. Luis la chantajea con entregarle la grabación a Alfredo si no le consigue el dinero. Bárbara no quiere que Alfredo se entere, así que acude a su antigua amante, convertida ahora en madamme. Bárbara accede a someterse a las tropelías sexuales que Oliver, una especie de ‘chulo’ multimillonario, ofrece a sus fetichistas clientes. Bárbara consigue el dinero pagando serias secuelas físicas pero salda su deuda con Luis.

Midpoint: Luis le regala el vestido a Alicia, pero no termina de estar satisfecha. Al vestido le falta lo más importante: la varita mágica… que vale aún más que el vestido.

Segundo acto (II): Luis decide incumplir su palabra y vuelve a recurrir a Bárbara. Ésta está dispuesta a someterse a lo que sea que suceda dentro de la ‘sala del lagarto’, una habitación situada en la mansión de Oliver y en la que, según parece, se hacen realidad los deseos sexuales más terribles e inconfesables de sus clientes. La paliza es tremenda, y Bárbara decide plantarse en casa de Damián, su antiguo profesor, con el que mantiene una extraña relación de amor imposible.

Segundo punto de giro: Bárbara le hace creer a Damián que ha sido Luis quién la ha violado.

Tercer acto: Damián empieza a investigar a Luis, y así descubre dónde vive. En el bar que frecuenta Luis, Damián entabla conversación con él y termina explicándole que sabe lo que le ha hecho a Bárbara. Damián le exige que coja la pistola y lo mate. Luis no da crédito a lo que oye, y le dice que él no ha violado a Bárbara y que fue ella quien quiso acostarse con él. Damián no puede comprender que Bárbara quisiera acostarse con Luis y –aunque no lo dice- con él no.

Clímax: Damián mata a Luis. Luego sube a su piso y mata a Alicia, que luce el vestido y la varita.

 

Mi análisis

Mucho se ha hablado de la segunda película (su primer largo fue ‘Diamond Flash‘, 2010) de un guionista y director que parece haberse ganado, en un abrir y cerrar de ojos, la admiración de público y crítica. Carlos Vermut ha conseguido con ‘Magical Girl’ algo muy difícil de conseguir cuando te dedicas a contar historias: no dejar indiferente a nadie; para bien y para mal. Para algunos es un ejercicio demasiado ambiguo y sobrevalorado, para otros una película que ya ha alcanzado categoría de ‘obra de culto’. Que en Francia haya logrado más taquilla que en España puede ser un indicativo del cine que abandera ‘Magical Girl’. Una historia de chantajes que se desarrolla sobre tres tramas (o mejor dicho, tres historias sobre tres personajes en conflicto, puesto que no tienen autonomía narrativa) que confluyen y que mezcla un poquito de cada cosa: costumbrismo, thriller psicológico, surrealismo, cine social… y dónde pesa más lo oculto, lo omitido, lo sugerido, que lo expuesto.

Que quede claro: dada la inefable naturaleza de ‘Magical Girl’, nada de lo que diga podrá ser utilizado en mi contra.

Igual que el puzzle al que Damián dedica su libertad, ‘Magical Girl’ tiene algo de estructura desordenada que cobra sentido a medida que las piezas se ensamblan. Es decir, la historia no está contada de forma lineal.

Su imagen de apertura nos sitúa en una clase y nos muestra a Bárbara (Bárbara Lennie) cuando todavía es una niña. Frente a ella, Damián (José Sacristán), su profesor, le exige que lea la nota que ha escrito y en la que se burla de él. Luego le pide que se la entregue, pero Bárbara la hace desaparecer ante sus ojos. Una escena que asienta el tono de la película, a la vez que nos muestra los albores de la extraña relación que establecen Bárbara y su profesor, Damián, y que descubriremos más adelante. A partir de ahí, otra historia.

Tras el enigmático prólogo, la película se centra en la historia de Alicia (Lucía Pollán) y su padre Luis (Luis Bermejo). Alicia es una niña de doce años que sufre una enfermedad terminal –lo intuimos tras un lejano pero elocuente diálogo entre Luis y la doctora de Alicia– y que tiene un último deseo en la vida: lucir el mismo vestido que luce la protagonista de su serie preferida ‘Magical Girl Yukiko’. Cuando Luis lo descubre (detonante 1) hacerse con él se convierte en su única meta en la vida.

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Anteriormente, Vermut hace que el personaje de Luis haga cosas en lugares que luego tendrán una repercusión narrativa. Es decir, siembra. No es casual que Luis sea profesor de literatura y que quiera vender parte de su biblioteca personal en una librería que se dedica a la compra de libros a peso, por ejemplo. Tampoco es casual que se detenga en la joyería: en este caso se detiene porque encuentra una pieza de puzzle en el suelo, pieza que resultará ser la que le falta a Damián para completarlo (anticipación). Cómo suele ocurrir, el relato gana en entidad narrativa si se construye de forma endogámica y correlativa, haciendo que todos los elementos que lo conforman estén conectados entre si y actúen bajo una lógica de causa-efecto. Así pues, cuando Luis necesita sacar 6.000 euros de donde sea, primero acude a la librería a la que suele ir, luego a una amiga que regenta un bar, y por último, agotadas las opciones honradas, toma la determinación de romper el escaparate de la joyería en la que se detuvo días atrás. Este tramo del guión correspondería al momento de debate. Al ‘¿Y ahora qué?’. En este punto el personaje se ve inmerso en un dilema y baraja las posibilidades de que dispone para abordarlo, cada una de ellas más arriesgada. Un momento que funciona como bloque de transición hacia ese punto de no retorno que estamos a punto de alcanzar:

Frente al escaparate, ladrillo en ristre, un vómito cae de no se sabe dónde sobre la camisa de Luis (1PG).

A lo largo de estos primeros compases, Vermut introduce un elemento que ayuda a reforzar el vínculo entre padre e hija pero que también tiene una función narrativa, en la línea de construir un relato cerrado y endogámico, con múltiples elementos que se correlacionan: Alicia escribe una carta dirigida a su padre y la envía a una radio para que la lean en directo –aunque éste no la llega a escuchar–. Un elemento que sirve de engarce diegético entre una historia y otra, devolviéndonos a la historia de Bárbara, hecha ya una mujer.

Bárbara vive con Alfredo (Israel Elejalde), que además de su pareja es su psiquiatra. La escena que abre esta trama nos cuenta que Alfredo está enamorado de Bárbara, y también que Bárbara debe tomar algún tipo de medicación. La puesta en escena y los encuadres que elige Vermut en este caso juegan a sugerir una relación de dependencia de ella hacia él –ella arrodillada, él dominante y sin rostro– que se erige como figura ruda y protectora de una chica que a medida que avanza la escena vemos más y más vulnerable, hasta que emerge la verdad de un desorden mental (la maestría con la que el guionista desarrolla las escenas, de subtexto a texto, merece análisis a parte).

Bárbara no está tomando la medicación, y Alfredo, después de asegurarse que se ha tomado la pastilla, impone un ultimátum: si lo sigue engañando se irá y no volverá. La visita de unos amigos y una broma macabra acerca de lanzar el bebé de éstos por la ventana da cuenta al espectador del trastorno mental que sufre Bárbara. También es la confirmación de que no se ha tragado la pastilla, provocando que la paciencia de Alfredo se agote y cumpla su amenaza: la abandona (detonante 2).

Magical Girl

La marcha de Alfredo no hace sino agravar el estado mental de Bárbara, capaz de autolesionarse. Desolada, decide llamar a Damián, su antiguo profesor. Pero Damián no puede siquiera oír la voz de Bárbara, y cuelga. Una reacción que corrobora el halo de misterio que envuelve a esa relación, dejando en off su historia –que no es sino otra manera de contarla, más poderosa si cabe: sumando el par de escenas en las que aparecen, ¿quién no piensa en un amor no correspondido y tan irracional que ha perdurado a lo largo de los años, enquistándose?–. Bárbara se siente huérfana y decide quitarse la vida atiborrándose de esas malditas pastillas que tenía que haberse tomado. Pero… su cuerpo las rechaza. Empujada por un oportuno instinto de pulcritud, Bárbara corre hacia el balcón y vomita… sobre Luis (1PG). Es el momento en el que ambas historias convergen.

Entonces, Bárbara invita a Luis a subir a su casa para cambiarse de ropa y terminan acostándose. Lo que no sabe Bárbara es que Luis ha encontrado la solución a su problema económico: ha grabado un audio mientras follaban y amenaza a Bárbara con entregarle la grabación a Alfredo si no le consigue el dinero antes de una semana. Una vez lo tenga, tiene que dejar el dinero en el libro de La Constitución de una biblioteca municipal. Un pulso que representa un vuelco en el arco del personaje de Luis, que, apremiado por su objetivo, renuncia a la bondad moral del hombre común para convertirse en un depredador que ataca por supervivencia. Una reacción que en realidad es muy humana y que, a pesar de lo mezquino, nos hace sentir compasión por el personaje.

Alfredo vuelve, y Bárbara está decidida a evitar que éste sepa de la infidelidad y todo se vaya a pique. Para lograrlo acude a una antigua amante ahora convertida en madamme. Es ella quien le pone en conocimiento de Oliver, un excéntrico multimillonario que se dedica a hacer realidad los deseos sexuales de sus quisquillosos y pervertidos clientes. Bárbara consigue el dinero no sin sufrir a cambio duras secuelas físicas, y salda la deuda con Luis.

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Entonces llega un nuevo giro que conduce la historia hacia un nuevo escenario, con nuevas consecuencias, haciendo que la trama empiece a enconarse: Luis le compra el vestido a Alicia, pero Alicia no parece del todo contenta con el regalo. Busca algo más en la caja. Busca… la varita mágica de ‘Magical Girl’. Un palo que vale ni más ni menos que 20.000 euros. Incumpliendo su promesa, Luis decide chantajear de nuevo a Bárbara (midpoint). Para conseguir todo ese dinero, Bárbara acude a Oliver dispuesta a someterse a lo que sea que suceda dentro de la ‘sala del lagarto’, un habitación en cuyo interior no sabemos qué ocurre, aunque mediante un juego de expectativas Vermut consigue que le tengamos auténtico pánico: la madamme le suplica que no entre y a diferencia de la primera vez no hay ‘palabra comodín’ para detener lo que allí ocurra confiriendo, de nuevo en off, una poderosa carga maligna y perversa al lugar. Pero la necesidad de salvar su relación con Alfredo –salvarse, en realidad, a si misma: poderoso objetivo–obliga a Bárbara a hacer caso omiso a las advertencias.

En este punto del guión entra en juego Damián. Una conversación con la educadora social de la cárcel en la que está encerrado, a la que le expresa su deseo de no ser liberado por miedo a ver a Bárbara, pone de nuevo en relieve el tormento sentimental que vive Damián, apuntalando el conflicto de esa subtrama sin que aún sepamos –ni nos importe– los sucesos que lo suscitaron.

Damián recupera su libertad, parte de la cual la dedica a ordenar un rompecabezas al que resulta faltarle una pieza (cumplimiento). Entonces Damián encuentra a Bárbara en el rellano, hecha polvo, y no tiene más remedio que acogerla. Ésta le pide un favor: que devuelva el libro de La Constitución a la biblioteca. Un día después, Damián recibe la llamada de Alfredo. Le suplica que acuda al hospital; Bárbara quiere hablar con él. Una vez allí, Bárbara le hace creer a Damián que Luis la ha violado (2PG). Un nuevo vuelco en la historia que nos impulsa hacia el tercer acto, triple embudo en el que todas las tramas están a punto de confluir en un punto climático.

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Damián entra en cólera –desde la terrorífica contención– y empieza a ir tras los pasos de Luis cuando éste sale de la biblioteca. Así, descubre dónde vive. Tras conseguir un revólver y azuzado por esa desgarradora canción que hace mención a “la niña de fuego” en clara relación a Bárbara –leitmotive musical a lo largo de toda la película–, Damián se prepara para el ‘combate final’. Al son de una voz aflamencada, Damián se viste de punta en blanco. Un momento de ritual que nos prepara para lo que está a punto de suceder, advirtiéndonos que el personaje va a pasar a la acción de una vez por todas y que el momento climático es inminente.

Damián sigue a Luis hasta el bar al que va siempre y entabla conversación con él. Tras un rodeo conversacional –de nuevo, una escena brillante–, Damián verbaliza lo que ha venido a hacer. Le dice que sabe lo que le ha hecho a Bárbara. Como no quiere volver a la cárcel, le exige que coja la pistola y lo mate. Luis no da crédito a lo que oye, y le dice que él no ha violado a Bárbara y que fue ella quien quiso acostarse con él. Damián no puede comprender que Bárbara quisiera acostarse con Luis y –aunque no lo dice- con él no. Enardecido tras conocer la dolorosa verdad, Damián coge la pistola y lo mata (CLÍMAX 1).

Un momento climático con segunda parte: Damián sube al piso de Luis para recuperar el móvil, que contiene la grabación. Pero cuando sube se encuentra a Alicia, que por fin puede lucir el vestido íntegro de ‘Magical Girl’, varita incluida. Pero en el último instante, Damián decide que no puede dejar testigos. Con mucha sangre fría, aunque incapaz de mirarla a los ojos, Damián mata a Alicia (CLÍMAX 2).

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La película culmina con una escena de cierre, reverso de la primera: Bárbara le pide el móvil a Damián pero, del mismo modo que aquella niña hizo desaparecer la nota, su profesor hace desaparecer el aparato ante sus ojos. De este modo, Damián perpetra su particular venganza, librándose de esa cárcel de amor no correspondido, enfermizo, al que esta femme fatale le ha sometido y del que nosotros, aún, no sabemos nada.

‘Magical Girl’ es un guión que consigue ser claro a la vez que sumerge al espectador en un mundo hipnótico, extraño y mágico. Un guión cuyas tramas, subtramas y arcos dramáticos  –además de un abanico de recursos, símbolos y pequeños engarces narrativos como el puzzle, la carta, la canción… que terminan de redondear la historia– se entretejen y se complementan, confiriéndole una única y compleja entidad narrativa al relato. Si a esto le sumamos el logro de crear vínculos dramáticos entre personajes omitiendo -o apenas sugiriendo- los porqués y las vivencias compartidas en el pasado que les dan sentido –sobre todo en la subtrama Bárbara/Damián– y la solvencia de Vermut tras la cámara –poderosos fueras de campo, la naturalidad de sugerentes encuadres al servicio de la acción…–  nos sale magia narrativa. Y eso que Vermut dice en una entrevista en Bloguionistas no saber escaletar. Tal vez sea porque la escaleta es parte consustancial a lo que está bien escrito, naturalmente implícita en cualquier relato bien contado. Tal vez sea porque el guión y sus fases de construcción no son sino extractos conceptualizados y ‘academizados’ de las historias que se venían contando muchos siglos antes de que a los Lumière se les encendiera la bombilla. Vermut ha sorteado esa nube tóxica de conocimiento pre-empaquetado y le ha salido un peliculón.

Olé tú, Vermut.

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